En esta ocasión, quiero trabajar un aspecto que pocas veces se trabaja o no lo hemos hablado de la forma correcta. Quiero enseñarles una verdad bíblica, y es la siguiente: Dios utiliza al hombre para bendecir al hombre. Es a través de la humanidad que Dios se manifiesta y bendice a otro.
Mientras Dios nos quiere usar para bendecir, por otro lado, el enemigo toma ventaja y nos manipula, nos influye y nos utiliza para destruir, para lacerar a otras personas. Pero Dios quiere que los hombres estén unidos, que estén en armonía. La Palabra de Dios dice que donde hay unidad, allí envía Jehová bendición y vida eterna (Salmo 133). Hay un poder en la unidad.
Pero hay un problema, y es que a través de la gente recibimos heridas. Hemos tomado el versículo que dice: “…maldito el varón que confía en el hombre…” (Jeremías 17:5) y lo utilizamos para decir: “no tengo que confiar en el hombre”, “no puedo confiar en nadie”. Entonces, llega el punto donde estoy en una situación difícil y Dios quiere bendecirme a través de otro hombre, pero yo no recibo la bendición, porque digo: “esto es solo Dios y yo”.
Lo curioso es que citamos el versículo de Jeremías sin conocer su contexto. Jeremías le da una profecía a un pueblo idólatra, un pueblo que había puesto su confianza en falsos profetas. Profetas que le profetizaban lo que ellos querían escuchar. Dios tuvo que levantar a un hombre para decirle al pueblo: “no confíen en estos hombres”.
Lo irónico es que la gente dice: “no puedo confiar en los hombres”, tomando este versículo como base, pero al hacerlo, están confiando en la palabra que fue dicha por un hombre. Hemos utilizado este versículo para mantener una postura egoísta. ¿Qué pasa cuando Dios quiere bendecirnos? Pero luego viene un hombre y traiciona a una mujer, y la mujer toma la postura de: “no puedo confiar en los hombres”, o viceversa, un hombre era feliz y vino una mujer y le hizo algo malo y ya cambió su perspectiva hacia las mujeres. Con estas actitudes, estamos cerrando puertas a los que sí nos pueden bendecir.
Llegamos a decir que no confiamos en nadie. Detenemos la bendición. La Biblia, por el contrario, nos invita a amarnos los unos a los otros, a buscarnos unos a otros, nos invita a la unidad, al ósculo santo. “…Estaban todos unánimes juntos” (Hebreos 2:1). Toda la Biblia me está diciendo que seré bendecido por la mano de otro hombre.
Mire que irónico es esto, que decimos que no confiamos en el hombre, pero vamos al médico y sin conocerlo, confiamos en él. Nos justificamos diciendo que el médico está preparado, capacitado. Pues así mismo hay gente igual de capacitada dentro de las iglesias. Yo he vivido traiciones y he traicionado a gente también. Pero no por culpa mía, usted deje de abrazar a otro que sí lo puede bendecir. Así tampoco, por culpa de otro que lo hirió a usted, no me cierre las puertas para que yo pueda bendecirlo.
Nosotros tomamos una sola experiencia, de muchísimas más, para generalizar de la forma incorrecta. No detenga las bendiciones, es a través de su prójimo que Dios lo va a bendecir. No se encierre en esta penumbra de "Dios y yo".
Para ilustrar esto, hay una historia bien conocida, que habla de un hombre que se estaba ahogando y dijo: “Dios sálvame”. Dios le dijo que le iba a salvar. Llegó un barco, pero el hombre dijo: “no, Dios me va a salvar”, llegó un helicóptero, pero el hombre dijo: “no, Dios me va a salvar”. Luego llega una ballena, pero el hombre seguía: “no, Dios me va a salvar”. Al final, el hombre muere y llega al cielo, entonces le pregunta a Dios: “¿por qué no me salvaste?” Dios le contesta: “sí, te envié un barco, un helicóptero, hasta te envié una ballena”, el hombre se molesta y le dice a Dios: “pero tu dijiste que tú lo ibas a hacer”, y Dios le responde, “sí, pero con mis instrumentos, no los tuyos”. Nos enfocamos en que Dios tiene que mandar a un ángel, pero el ángel que tanto esperamos, puede ser nuestro prójimo.
No olvidemos que, aunque fallamos, no debemos cerrar las puertas. A veces Dios nos lleva al mismo lugar que nos hirieron, para sanarnos. Abraza la bendición, abraza el Moisés que te va a enseñar a ser un conquistador, el Elías que te va a dirigir, el Jonatán que será tu amigo.
Sigamos uniéndonos como iglesia. Dejemos el individualismo y la desunión a un lado. Dejemos de levantar paredes, y construyamos puentes que nos unan a nuestros hermanos.