Recientemente estaba viendo una estadística de un ministro que
estaba haciendo un estudio acerca de las razones por las que la gente deja de
ir a la iglesia y se apartan del evangelio. Él llegó a la conclusión de que la
razón número uno es porque la gente de la misma iglesia destruyen a las
personas.
Cuando vi las estadísticas, fue inevitable no moverme a escribir
este blog, porque tengo una preocupación y es esa misma, “ahora no lo creemos”.
A veces estamos orando por un milagro: "Señor haz un milagro", "haz
algo en mi vida", y cuando Dios lo hace, decimos: “¿será posible?”...no
creemos el milagro.
Me duele que nosotros los creyentes laceramos y destruimos a
nuestros hermanos en Cristo. Muchos pastores han sido víctimas, muchos
hermanos, hasta yo he sido víctima, porque como todos, yo he fallado. Y hay
gente que cuando una persona falla, lo laceran, lo lastiman, en vez de orar por
restauración.
Hay dos tipos de creyentes, están los que oran para que Dios los
restaure, pero cuando Dios lo hace dicen: “hay que esperar a ver cuanto le
dura”. Señores, cuando oramos por restauración debemos saber que Dios puede
hacerlo, Dios puede cambiar a ese alcohólico, a ese hombre infiel, o a esa
persona que robó. Entonces Dios los restaura, Dios los transforma, pero no lo
creemos. No creemos en la restauración de Dios.
El segundo tipo de creyentes son los peores, aquellos que cuando alguien
falla, lo sacan de su lista de santidad, los sacan de su lista de amigos,
porque sencillamente la persona falló. Pero si es uno de los suyos, de su
gente, de su familia, si creen en ellos, si le dan la oportunidad. Puede
cometer mil errores la persona, pero creemos en él, pero en otras personas no
lo hacemos.
Por eso a veces la gente se nos va de las iglesias. Y es triste,
pero tenemos que comenzar a creer. Creer en el Dios de la restauración. Dios
puede restaurar al adicto, al fornicario, al adultero, al homosexual…sí es
cierto que la gente no cambiará de la noche a la mañana, algunos les tomará 1
año, otros 6 años, pero Dios sigue trabajando en ellos y tenemos que creer en
ellos.
Es tiempo de que cuando le pidamos a Dios algo, y declaremos por
las vidas que cambien, vamos a CREER en ese cambio. No cuestionemos si
realmente Dios lo hizo o no, vamos a creer que Dios lo hizo, vamos apoyarlo,
vamos a levantarlo. No seamos una iglesia que lacera y destruya a su hermano.
No te quedes en el “no lo creo”, “¿será posible?”, “¿Dios
realmente lo habrá cambiado?”. Es tiempo de creer que el poder de Dios sí puede
cambiar los corazones, de que sí puede transformar las vidas. Es tiempo de que, con la
misma seriedad que le pedimos a Dios misericordia por nosotros y le pedimos
oportunidades nuevas, así mismo se la demos a aquel que también falló, sea mi
hermano o amigo, o sea algún desconocido. Es tiempo de que la iglesia se una en
un mismo sentir. El sentir de levantar, no destruir.
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